lunes, 17 de septiembre de 2007

The most annoying pop song of the year

La frase que da título a esta entrada, ha sido utilizada para definir al menos tres canciones que han tenido su generosa ración de éxito este año: “Beautiful Girls” interpretada por Sean Kingston, “Lip Gloss” por Lil’Mama y “Umbrella” por Rihanna. Tengo que admitir que de las tres, en realidad sólo odio una, y lo hago sólo en la interpretación masculina (Jojo ha hecho su versión y me encanta).

He de suponer que lo “molesto” de estas canciones es lo reiterativas que pueden llegar a sonar. El ritmo es más o menos continuo, las interpretaciones no son particularmente expresivas, las melodías son breves y hacen uso de sus elementos más llamativos sin esconderlos en ningún momento. Alguna gente ha sacado la conexión del “ella-ella-ella” de la versión de Rihanna con el “Zombie” de Cramberries, pero que un ritmo o un elemento musical reaparezca en otras canciones no es nada nuevo. Hay quien argumenta, no sin razón, que la mayoría de la música moderna proviene de las marchas que interpretaban las bandas (http://en.wikipedia.org/wiki/Marching_band ) en los desfiles en ciudades como Nueva Orleáns en el siglo XIX. Si acaso, miren estas muestras de cómo la tradición ha evolucionado en los “drumlines” y prueben a encontrar parecidos con el actual R&B.

Esta es una presentación en un concurso

Y estas dos son de esta película (http://imdb.com/title/tt0303933 ) cuya producción ejecutiva estaba a cargo del productor musical Dallas Austin (detrás de algunas canciones de TLC, p.ej.).





En la mayoría de los casos uno reacciona frente a algo que representa la música y con lo que uno no está de acuerdo. En las dos versiones de “Beatufil Girls” la base musical es idéntica aunque las letras varíen, dando una perspectiva masculina y femenina respectivamente.
La canción está montada sobre un sampleo al tema de Ben E. King “Stand By Me” y el ritmo en la percusión es una variación sobre el original. Mucha gente ha alegado la falta de respeto por un original maravilloso como motivo de su disgusto, pero en mi caso al menos, la sensación es otra. Viendo el videoclip (donde sale Lil’Mama, la chica con el pañuelo en la cabeza), es la manera de evocar el pasado y conectarlo con el presente lo que me parece horrendo. La situación que plantea el video es como los jóvenes que visitan una cafetería se divierten bailando la canción que suena en el local, y como esta situación, en un ejercicio de intertextualidad (ya presente en el título de la canción), los conecta con los mismos actos sociales en los que participa la juventud desde tiempos inmemoriales para conocerse, divertirse e interactuar entre ellos. Hasta aquí perfecto. Todo el mundo puede hacer esa conexión a poco que rasque un poco, en su memoria, en las anécdotas de padres y abuelos, o en libros, fotografías o películas antiguas. Mi problema es que se quiere evocar los cincuenta mediante la imagen que se daba en los cincuenta en los medios. Hay un elemento chirriante en el video y es que la mayoría de la gente que aparece bailando es de color y quienes sirven los platos son blancos, lo que representa una clase media de unos y la “basura blanca” del otro. El caso es que siguiendo la representación, uno podía creer que los chicos de color podían tener acceso a una cafetería/comedor “cool” en esa década. Por lo tanto, la supuesta inocencia de los juegos adolescentes que se muestra con símbolos cinematográficos, es una mentira, o una re-escritura de la historia. Para rematar, el sr. Kingston, aparece en una retransmisión en blanco y negro imitando el tipo de actuaciones que hacían los interpretes de color en la época. Es decir, lo que les permitían hacer, no lo que hacía usualmente. Me gusta la versión de Jojo, porque toda esa carga intertextual se quita de enmedio. Oyó la base (este tipo de artistas comerciales contactan con productores y estos le muestran maquetas de canciones, si ambos están de acuerdo, firman un contrato para hacer la producción final (mucho, mucho más cara) y que el interprete se haga con ese tema. Mientras tanto las canciones pueden dar vueltas y vueltas y ser probadas y descartadas por múltiples artistas), le encantó y grabó, aunque no pueda publicarla. Que es algo lo suficientemente tonto e inocente que haría un adolescente con algo que le gusta.

Pero, esa molestia me recordó otras ocasiones, en los que he descubierto que una canción de la que he despotricado, no sólo no es horrenda sino que me deja los ojos como platos, normalmente en otra interpretación, vestida con otros instrumentos. Uno puede encontrar decenas o cientos de ejemplos en versiones de todo tipo, pero la que me interesa hacer notar ahora, fue una que vi cuando Las Ketchup lanzaron “Aserejé” (http://www.gabrielaulaga.net/pdf/Aserejeanalisis.pdf ). En un programa, supongo de Canal Sur, entrevistaron al autor del tema, también andaluz, Manuel Ruiz “Queco”, y en un momento típico para terminar, le hicieron lo típico de que les cantara o les interpretara el tema. El cogió una guitarra y con voz suave la cantó, en una interpretación tierna y cercana, más de cantautor. Y curiosamente es la misma canción que uno consideraba poco más que una broma minutos antes. Esta no esa actuación, pero en este video de youtube pueden ver la canción tocada con guitarra.



Con mucha sorna, vamos a llamar esto “el efecto de los instrumentos reales”. Ya saben en homenaje al “eso no es música y no se puede tocar con instrumentos de verdad”. El instrumento de verdad suele ser una guitarra.

Lo que nos lleva a tratar otra vez el asunto de la autenticidad y lo real en la música. Lo que sucede es que esto realmente no es un argumento y se trata de la misma excusa para mostrar algo con lo que esa gente no está de acuerdo en esa música. Un ejemplo, nada casual, es el de esta chica al que ya ha conseguido el millón de visitas en su interpretación con guitarra de “Umbrella”.



El número de visitas es un ejemplo claro (otro que el tema fuera usado en el programa “The Hills” de MTV o que saliera en la televisión nacional tocándolo), de que esta canción/versión si conectó con un público que por un motivo u otro, no gustaba de la “oficial”. Quizás porque esta tenga más personalidad, sea más humana, demuestre más talento, mientras que Rihanna siempre es atacada por su falta de personalidad, por su carencia de voz, por ser una marioneta a la que hay que arropar con toda la tecnología posible para poderla hacer sonar humana. Así que digamos, que la versión a guitarra tiene “carisma” o “personalidad”.

Quizás sea que cuando algo ya ha pasado todo parece muy claro, pero cuando se descubrió que todo era un fiasco y vi por primera vez el video, lo que me llamó la atención fue precisamente, la puesta en escena, lo obviamente que se notaba que había pasado por un productor.
Quiero decir, fíjense primero en el sitio donde toca. Ese salón, nos gustaría tenerlo a todos, pero la mayoría no se lo podría permitir. De hecho, se nota bastante la presencia de un decorador. Así que de hecho, bien puede ser la casa del productor.
Lo segundo es lo perfilada que está la música. Ha cambiado el tempo y ha hecho el tema más lento, enfatizando la vulnerabilidad que es el meollo en la versión de Rihanna. Pero, fijense la forma de trabajar el silencio. Como ese matiz, esa intimidad, esa magia parecieran naturales, y como cuando se retira el pelo de la cara, la música cesa y parece que no pudiera volver (un instante que parece eterno). Y el modo en que el “ella-ella-ella”, seguramente, la parte que esa misma gente encontrarían más odiosa en las peculiaridades (para mi maravillosas) de las cuerdas vocales de Rihanna, con un cambio de tempo, de ritmo y en la duración, se convierte en sinónimo de un “sha-la-la”, o un “na-na-na”, pero a la vez, como una muestra visible de una apropiación, una “customización” del tema original. Lo mismo que la manera de tocar los acordes con la púa, una vez hacia abajo y no hacia arriba, que es la manera que toca todo el mundo porque lo ve en los videoclips.

Una vez descubierto la treta promocional (¡Hola nuevos modos de Rick Rubin!) y el hecho de que estuviera fichada desde hace tres años por Hollywood Records (¡Hola Disney!), aunque nunca lo mencione en su página de MySpace, han hecho correr la tinta sobre la “falsedad” de todo el fenómeno, la “no-autenticidad”. Es divertido, porque esa autenticida a todas luces parece una mistificación y una mitificación. Esos sentimientos tan maravillosos, tan únicos e inesperados, eso que nos distingue de toda otra forma de vida y que no se pueden controlar en modo alguno, aparecen como por casualidad dentro de un entorno controlado, un sitio seguro, una serie de signos codificados como autenticidad, donde estos “pueden” aparecer. Sentimientos orientados.

El hecho de que un productor perfile ese tema de manera que en sus manos consiga una interpretación magnética es lo que lleva siendo la producción desde hace décadas. Aborrecer de esto y querer fingir que lo que ha sucedido, que tu “realidad” y “autenticidad” no es más que una construcción de tu mente, nunca ha pasado y que ha sido otra cosa, no tu problema, es una excusa bastante patética, que refleja muchas de las actitudes infantiles que se perpetúan dentro de la música rock. El hecho es que resulta mucho más fácil decir que era una mentira y eso ya te lo venías oliendo, que pensar, que en cierto modo, lo que se entiende por personalidad en la música, el carisma de un interprete, es sencillamente, su forma de producir.

La respuesta corriente y moliente, de que alguien auténtico es aquel que “interpreta sus propias canciones” no es más que una muestra de mediocridad. ¿El compositor sólo puede componer aquello a lo que llega como intérprete o se puede permitir el lujo de interpretar algo que no es “real” en sus circunstancias? El escritor Nelson George, habla sobre como el rock’n roll es una de las mayores patrañas y estrategias comerciales que han existido, porque cualquier cosa podía ser rock’n roll: blues, rhythm’n blues, el sonido de bandas como las de Bill Halley, los grupos de doo-woop, los grupos vocales de chicas, instrumentales jazzísticos. Quizás todo esa historia sobre la autenticidad, el ser fiel a uno mismo y todo ese discurso alabando las autolimitaciones de uno y las preguntas que arroja “¿qué es la personalidad en la música”, “¿qué es el carisma?” y “¿Cómo se cuantifica?” pero nunca son contestadas, aparte de un signo más de aburguesamiento, es sólo el síntoma visible de un complejo para buscar sentirse integrado.

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